Prevención de la violencia escolar en Guatemala: un esfuerzo de toda la comunidad educativa

Estudiantes de primaria en Guatemala al iniciar la jornada escolar. La prevención de la violencia en las escuelas requiere la participación activa de docentes, familias, estudiantes e instituciones.
La violencia en contextos escolares –desde bullying o acoso entre compañeros, hasta agresiones físicas más graves– es una realidad preocupante en Guatemala. En los últimos años se han reportado miles de casos de acoso escolar en el país: entre enero de 2022 y abril de 2023 se registraron 21,500 incidentes de bullying en centros educativos guatemaltecos, según la ONG Bullying Sin Fronteras. Las autoridades nacionales también reciben denuncias continuamente. Solo de enero a mayo de 2023, la Procuraduría de los Derechos Humanos (PDH) contabilizó 26 denuncias formales por acoso escolar –13 por agresiones físicas, 12 por violencia psicológica y 1 por violencia verbal– acercándose ya a los niveles previos a la pandemia. Estos números reflejan que el problema persiste y posiblemente estaba subregistrado: de hecho, antes de la pandemia en 2019, el Ministerio de Educación (Mineduc) había recibido 56 denuncias en todo el año, lo que sugiere que muchas situaciones de violencia no llegan a reportarse.
Los casos de violencia escolar abarcan diversas formas. El acoso entre estudiantes (bullying) es quizás el más común, incluyendo agresiones físicas (golpes, empujones), verbales (insultos, apodos) y psicológicas (amenazas, humillaciones). Lamentablemente, algunas situaciones extremas han terminado en tragedias: en 2023 dos incidentes de bullying en escuelas públicas –uno en Retalhuleu y otro en Mazatenango– derivaron en la muerte de un estudiante de 13 años y otro de 17 años, respectivamente. Además del acoso entre pares, existen denuncias de violencia sexual dentro del ámbito educativo. Entre 2024 y 2025, el Mineduc recibió 48 quejas de abuso o acoso sexual en escuelas, de las cuales el 77% involucran a docentes, directores u otro personal del centro educativo. Esto evidencia que la violencia escolar no solo proviene de los estudiantes, sino que en algunos casos implica abusos de autoridad por parte de adultos en las escuelas.
Frente a esta problemática multifacética, ¿qué se puede hacer para prevenir la violencia en las escuelas de nivel primario y secundario? A continuación, se presentan estrategias y recomendaciones prácticas, respaldadas por datos recientes y ejemplos contextualizados en Guatemala, dirigidas a todos los actores clave: autoridades educativas, docentes, familias, estudiantes y comunidad. El objetivo es fomentar una convivencia escolar pacífica, segura y respetuosa.
Políticas institucionales y protocolos de prevención
A nivel institucional, Guatemala ha dado pasos importantes para enfrentar la violencia escolar mediante leyes, normas y programas específicos. Un avance significativo fue la aprobación del Decreto 19-2022, Ley contra el Acoso Escolar (Bullying). Esta ley declara el 2 de mayo como el Día Nacional contra el Acoso Escolar e instruye tanto al Ministerio de Educación como a todos los centros educativos (públicos y privados) a implementar medidas de concientización, prevención y erradicación de este flagelo. La normativa exige actividades como distribución de material educativo, talleres y capacitaciones dirigidas a la comunidad educativa con el fin de crear conciencia sobre el problema. Si bien esta ley no tipifica el bullying como delito, sí establece la obligatoriedad de que las escuelas actúen proactivamente contra el acoso.
El Ministerio de Educación, por su parte, ha emitido protocolos y normativas para gestionar casos de violencia. Por ejemplo, mediante el Acuerdo Ministerial 1217-2021 se estableció un Normativo de identificación y resolución de casos de violencia contra menores en el sistema educativo. Este protocolo define 12 acciones concretas que deben seguir los centros educativos al detectar un caso de violencia física, psicológica o sexual. Entre estas medidas figuran pasos como:
- Detección y reporte inmediato: Todo docente o personal que identifique signos sospechosos de violencia en un estudiante debe informarlo de inmediato al director, al supervisor educativo o a las instancias designadas, e incluso llamar al Sistema de Quejas (teléfono 1503) para activar la ruta de atención.
- Protección de la víctima: Separar inmediatamente al presunto agresor del contacto con la víctima u otros estudiantes, garantizando un espacio seguro mientras se investigan los hechos.
- Denuncia y sanciones: Las autoridades escolares deben levantar un acta en menos de 24 horas y presentar denuncia formal ante el Ministerio Público si el hecho constituye delito. Paralelamente, iniciar procesos disciplinarios internos para destituir a docentes o personal involucrado, conforme a la ley laboral aplicable. Cuando la violencia es entre estudiantes, intervenir mediante la Comisión Disciplinaria del centro de acuerdo con la Normativa de Convivencia Pacífica vigente.
- Seguimiento interinstitucional: Los casos deben ser acompañados por comisiones departamentales de seguimiento y reportados a unidades especializadas (por ejemplo, la Unidad de Equidad de Género y Protección Integral de la Niñez del Mineduc) para asegurar una respuesta rápida y articulada.
Estas directrices buscan que las escuelas no pasen por alto ningún incidente y que los responsables enfrenten consecuencias. Sin embargo, un desafío identificado es asegurar su efectiva implementación en todo el país. Organismos de observación señalan que en áreas rurales muchos docentes aún desconocen los protocolos o carecen de capacitación para aplicarlos. Por ello, es fundamental difundir estas normativas y formar al personal educativo en su cumplimiento.
Un paso reciente en la política institucional fue la creación del Programa Nacional de Prevención de la Violencia “CUIDA” por parte del Ministerio de Educación. Lanzado oficialmente en febrero de 2025, el programa CUIDA establece seis líneas de acción para promover la convivencia respetuosa y la seguridad en las escuelas. Estas líneas incluyen: mejorar las relaciones interpersonales en la comunidad educativa, formar al personal docente y administrativo en prácticas no violentas, capacitar a madres, padres y cuidadores en disciplina positiva, implementar materiales educativos culturalmente pertinentes sobre convivencia, fortalecer la resolución pacífica de conflictos en el aula, y una coordinación interinstitucional para prevenir también la violencia en el entorno familiar y comunitario. Las Direcciones Departamentales de Educación (Dideduc) son las encargadas de implementar CUIDA en los centros escolares de sus regiones. Programas como CUIDA muestran el compromiso gubernamental de abordar la violencia escolar de forma integral, aunque su éxito dependerá de la asignación de recursos y del seguimiento continuo para traducir las políticas en prácticas cotidianas.
Otro ejemplo de iniciativa institucional es el Programa Escuelas Seguras, impulsado por la Unidad para la Prevención Comunitaria de la Violencia (UPCV) del Ministerio de Gobernación. Este programa elaboró una Guía de medidas de prevención de la violencia escolar con el objetivo de consolidar a las escuelas de primaria y secundaria como espacios seguros, libres de violencia y adicciones, propicios para el aprendizaje. La guía enfatiza la importancia de construir una cultura de prevención en la comunidad educativa para eliminar cualquier tipo de violencia contra la niñez y juventud. En coordinación con fuerzas de seguridad y autoridades locales, Escuelas Seguras busca reforzar la protección del perímetro escolar (por ejemplo, evitando la intrusión de delincuentes o pandillas) y fomentar entornos escolares pacíficos.
En resumen, desde el nivel institucional se cuenta con marcos legales y programas: existe una ley nacional contra el acoso escolar, protocolos ministeriales claros, y nuevos programas como CUIDA enfocados en convivencia y prevención. No obstante, las políticas solo cobran vida si todos en la comunidad educativa las conocen y aplican. Es tarea de las autoridades escolares socializar estas normas con su personal, activar comités de convivencia escolar y asegurar que en cada establecimiento se atiendan las denuncias con seriedad y prontitud. La tolerancia cero a la violencia debe ser un principio rector en las políticas de cada escuela.
Prevención en el aula: el papel de los docentes
El clima escolar y las dinámicas de aula que establece el docente son determinantes para prevenir la violencia. Las maestras y maestros de nivel primario y secundario no solo transmiten contenidos académicos, sino que también modelan actitudes y comportamientos. Un docente sensibilizado puede detectar tempranamente los indicios de acoso o maltrato entre sus estudiantes y actuar antes de que el conflicto escale. Por el contrario, en aulas donde prevalece la permisividad o la falta de control, el bullying puede afianzarse en silencio.
Después del regreso a las clases presenciales tras la pandemia, expertos han resaltado la necesidad de un “reajuste emocional” en las aulas. El confinamiento prolongado afectó las habilidades socioemocionales de muchos niños, niñas y adolescentes; al volver a convivir con sus pares, han surgido roces por falta de tolerancia o empatía. En este contexto, los docentes deben dedicar tiempo a restablecer las normas de convivencia y a fortalecer en el estudiantado valores como el respeto, la paciencia y la solidaridad. Gabriela Castro, coordinadora de la Gran Campaña Nacional por la Educación, señala que tras la pandemia se evidenció un estancamiento socioemocional: a los estudiantes “se les olvidó ser tolerantes o tener paciencia” por haber estado aislados tanto tiempo. Por ello, es recomendable que el profesorado incorpore actividades de educación socioemocional –como dinámicas de grupo, juegos cooperativos o espacios para que los alumnos expresen sus sentimientos– para reencauzar la convivencia positiva.
Otra estrategia clave es que el docente establezca desde el inicio del ciclo escolar reglas claras contra la violencia y el respeto mutuo. Muchos centros educativos en Guatemala cuentan con una Normativa de Convivencia o reglamento interno; el maestro debe darla a conocer a sus alumnos y, más importante aún, aplicarla de forma consistente. Por ejemplo, si en la normativa se indica que los casos de agresión entre estudiantes serán remitidos a la Comisión de Disciplina, el estudiantado debe saber que realmente habrá consecuencias. La disciplina positiva es eficaz: implica sancionar conductas violentas de manera formativa (por ejemplo, con la mediación y la reflexión) en lugar de tolerarlas o ignorarlas.
Asimismo, los docentes pueden implementar en clase metodologías participativas e inclusivas que reduzcan la discriminación y el aislamiento de algunos alumnos. Promover el trabajo en equipo rotativo, debates guiados sobre el respeto a las diferencias, proyectos donde estudiantes de distintos niveles colaboren (tutorías entre pares), o actividades artísticas y deportivas en grupo, son formas de fortalecer la empatía y las relaciones saludables. Cuando los estudiantes se conocen y valoran entre sí, es menos probable que surjan casos de acoso. En España y otros países se han aplicado programas de tutoría entre iguales, donde alumnos mayores apadrinan a los más pequeños para apoyarlos emocionalmente y detectar problemas a tiempo. Adaptar iniciativas así en escuelas guatemaltecas podría ser beneficioso, ya que fomentan un sentido de comunidad dentro del aula.
Por último, pero no menos importante, el profesor debe estar atento a las señales de alerta de que un estudiante sufre violencia, incluso si esta ocurre fuera de la escuela. Cambios repentinos de comportamiento, aislamiento, bajo rendimiento, excusas frecuentes para no asistir a clase o señales físicas inexplicables pueden indicar que un niño está siendo víctima de acoso escolar. Ante estas señales, se aconseja que el docente converse en privado con el estudiante con empatía, investigue la situación (involucrando al orientador escolar si lo hay) y notifique a las autoridades escolares y padres según corresponda. Ignorar el problema no hará que desaparezca; por el contrario, una intervención temprana puede evitar situaciones graves. Recordemos que según UNICEF alrededor del 60% de los estudiantes en Guatemala sienten miedo de ir a la escuela debido a entornos violentos (por ejemplo, presencia de pandillas en sus barrios). La escuela debe ser un refugio seguro, y los educadores son los primeros garantes de esa seguridad durante la jornada escolar.
Recomendaciones prácticas para docentes:
- Fomentar un clima de confianza: Habilite espacios donde sus alumnos puedan hablar abiertamente de sus preocupaciones. Por ejemplo, realice asambleas de aula periódicas para dialogar sobre convivencia, o use un buzón anónimo para que los estudiantes reporten conflictos o casos de bullying sin temor.
- Intervenir de inmediato y con ecuanimidad: Ante el menor indicio de acoso o violencia, actúe. Llame la atención de forma constructiva, medie entre los involucrados y apliquen juntos soluciones pacíficas (discúlpas públicas, acuerdos de no agresión, etc.). No minimice los apodos hirientes ni las “bromas pesadas”, pues ignorarlas las normaliza.
- Educar con el ejemplo: Modele usted mismo el respeto y la tolerancia. Evite gritos, apodos o castigos humillantes hacia sus alumnos, ya que esto perpetúa un ciclo de violencia. En cambio, utilice lenguaje respetuoso, reconocimiento positivo al buen comportamiento y resolución calmada de los conflictos. Los estudiantes tienden a imitar las actitudes de sus maestros.
- Capacitarse y buscar apoyo profesional: Participe en talleres de capacitación sobre manejo de disciplina y mediación de conflictos que ofrezca el Mineduc u organizaciones. Si en su centro hay orientador o psicólogo escolar, colabore con él/ella para abordar casos difíciles. No dude en recurrir a la Comisión de Convivencia de la escuela o a instancias superiores (Supervisión Educativa, PDH) cuando la situación lo amerite. La prevención de la violencia es un trabajo en equipo.
El rol de las familias en la prevención
La familia es el primer entorno de formación en valores, por lo que su influencia en la prevención de la violencia escolar es enorme. Niñas, niños y jóvenes que crecen en hogares donde se practican la comunicación abierta, la resolución pacífica de conflictos y el respeto mutuo, tendrán más herramientas para replicar esos comportamientos positivos en la escuela. Por el contrario, si en casa experimentan violencia intrafamiliar o modelos agresivos, es más probable que reproduzcan esas conductas con sus pares. En Guatemala, las estadísticas de violencia doméstica son alarmantes, afectando también a menores de edad. Abordar la violencia en la escuela implica muchas veces atender también lo que ocurre puertas adentro de la casa.
Los padres, madres y cuidadores deben asumir un papel proactivo. En primer lugar, es vital que estén atentos a las señales de posible victimización o agresividad en sus hijos. Si un niño manifiesta terror o negativa recurrente a ir a la escuela, presenta lesiones físicas sin una explicación clara, luce triste o ansioso, o su desempeño académico decae súbitamente, los padres deben indagar con delicadeza qué está sucediendo. A veces, los menores no hablan por miedo o vergüenza, pero preguntas abiertas y muestras de apoyo pueden ayudarles a confiar. En caso de confirmar que su hijo es víctima de bullying (o también si es agresor), la familia debe comunicarlo de inmediato a la escuela y coordinar con los docentes una estrategia de solución. Es importante no animar al niño a “vengarse” ni enfrentar por cuenta propia al agresor; en su lugar, buscar la mediación a través de las autoridades del centro. En Guatemala existen también líneas de denuncia y apoyo a las que las familias pueden acudir: por ejemplo, la Procuraduría General de la Nación (teléfono 1584), la Policía Nacional Civil (110) o la misma PDH (2424-1717) reciben reportes de violencia contra menores y pueden intervenir.
Además de detectar y denunciar, las familias pueden prevenir activamente inculcando en sus hijos habilidades sociales y valores desde temprana edad. Enseñar en casa a no burlarse de otros niños, a resolver los desacuerdos hablando, a respetar las diferencias culturales, étnicas o de cualquier tipo, sienta las bases para una convivencia armoniosa en la escuela. Los padres deben reforzar la idea de que “la violencia no es aceptable” bajo ninguna circunstancia. Esto implica también revisar la disciplina que se ejerce en el hogar: castigos físicos o gritos como métodos correctivos envían el mensaje equivocado, mientras que la disciplina basada en consecuencias lógicas, diálogo y cariño fomenta la empatía.
Por otro lado, la participación de los padres en la vida escolar es un factor protector reconocido. Cuando los padres de familia se involucran –asistiendo a reuniones, conociendo a los maestros, integrando comités de padres o voluntariados en actividades escolares– mejora la comunicación escuela-hogar y es más fácil abordar cualquier brote de violencia. Muchas escuelas guatemaltecas han formado Comités de Convivencia o de Disciplina donde representantes de padres se suman a docentes y estudiantes para diseñar iniciativas anti-bullying. Estos espacios son valiosos para que la familia aporte ideas y se corresponsabilice de la solución. Un ejemplo inspirador es la iniciativa “Voces por ti”, un movimiento impulsado por UNICEF y aliados, que promueve la participación de familias y comunidades en la protección de la niñez. A través de una aplicación móvil, padres y ciudadanos pueden reportar incidentes de violencia en tiempo real, ayudando a prevenir hechos delictivos en las escuelas y barrios. Este tipo de herramientas tecnológicas, combinadas con la organización comunitaria, empoderan a las familias para actuar como vigilantes del bienestar de los estudiantes más allá del aula.
Recomendaciones prácticas para familias:
- Comunicación y confianza: Cultive un ambiente donde sus hijos se sientan seguros de contarle sus problemas. Pregúnteles cada día cómo les fue en la escuela, escuche sin juzgar y asegúreles que pueden confiar en usted. Si hablan de algún conflicto con compañeros o maestros, tome en serio sus sentimientos y ofrézcales apoyo incondicional.
- Supervisión equilibrada: Esté pendiente de la vida escolar de sus hijos: conozca a sus amigos, mantenga contacto con sus profesores y revise de vez en cuando su uso de internet y redes sociales (en especial en adolescentes, para prevenir ciberacoso). Sin invadir su privacidad, déjeles claro que su bienestar es su prioridad. Ante signos de ciberbullying –como que el niño se muestre alterado tras usar el teléfono o se aísle de sus redes sociales– dialogue sobre ello y oriente medidas de seguridad en línea.
- Educar con el ejemplo en casa: Resuelva los conflictos familiares de forma pacífica. Si los niños ven que los adultos manejan sus desacuerdos dialogando y sin agresiones, aprenderán a hacer lo mismo. Evite comentarios violentos o despectivos hacia otras personas en presencia de sus hijos. En cambio, refuerce valores como la tolerancia (“en nuestra familia respetamos a todos aunque sean diferentes”) y la solidaridad (“ayudamos a quien lo necesita”).
- Colaboración con la escuela: Involúcrese en las actividades escolares de prevención. Participe en las reuniones de padres, talleres o campañas sobre convivencia que organice el colegio. Si su agenda lo permite, forme parte de comités o iniciativas de seguridad escolar (por ejemplo, grupos de padres que se turnan para vigilar la entrada y salida de los estudiantes). Escuela y familia unidas envían un mensaje contundente contra la violencia: “nuestros niños están protegidos y no están solos”.
Participación estudiantil y programas comunitarios
Los propios estudiantes no son actores pasivos en esta ecuación; al contrario, deben ser agentes de cambio en la construcción de entornos escolares pacíficos. Cuando las y los alumnos se involucran en iniciativas de prevención, los resultados suelen ser más sostenibles, porque se apropian de las soluciones. Un buen comienzo es empoderar a los estudiantes, desde primaria hasta bachillerato, a que sean parte de la solución y no espectadores silenciosos. Esto implica educarlos para que rechacen la violencia activamente: por ejemplo, enseñarles que si presencian un acto de bullying no deben reír la “gracia” ni callar por miedo, sino intervenir de forma segura o buscar ayuda de un adulto. La creación de una cultura de “buenos espectadores” (que apoyan a la víctima y reportan al agresor) puede romper el círculo vicioso del acoso.
Muchas escuelas fomentan la formación de brigadas o comités estudiantiles de convivencia, integrados por alumnos líderes que promueven campañas de respeto y mediación entre compañeros. En institutos de secundaria de Guatemala se han visto ejemplos de estudiantes organizando foros, obras de teatro y murales contra la violencia escolar, con mensajes creados en su propio lenguaje. Estas actividades, al ser lideradas por jóvenes, tienden a tener mayor impacto en sus pares. Asimismo, es valioso incluir a los alumnos en la elaboración de las normas de aula o del código de convivencia escolar –adaptadas a su edad– para que las sientan como propias y se comprometan a cumplirlas. Un estudiante que participa en definir “qué comportamientos queremos en nuestra clase” entenderá mejor por qué no se tolera el bullying.
En cuanto a la comunidad en general, la prevención trasciende los muros del plantel. Recordemos que la inseguridad del entorno afecta la vida escolar: según UNICEF, la presencia del crimen organizado y pandillas alrededor de los barrios escolares hace que más de la mitad de los estudiantes teman ir al colegio. Por ello, los programas comunitarios son un pilar complementario. Un modelo a destacar es el del proyecto “Convivimos”, implementado en varias zonas de Guatemala con apoyo internacional (USAID, Fe y Alegría, Mercy Corps, entre otros). Este proyecto integró esfuerzos de escuela, familia y comunidad para prevenir la violencia desde la escuela, trabajando en municipios como Guatemala, Mixco, Villa Nueva, Amatitlán y Villa Canales. Convivimos se propuso sensibilizar a las autoridades locales sobre la importancia de prevenir la violencia escolar, fortalecer las competencias de las escuelas para proteger a los alumnos, y promover factores de protección en las familias, abordando la violencia en todas sus manifestaciones. Los resultados de este tipo de intervenciones señalan que cuando municipalidades, ONG y centros educativos trabajan de la mano –organizando, por ejemplo, clubes juveniles, actividades artísticas, escuelas para padres, capacitación docente y mejor seguridad en los alrededores de la escuela– se logra una reducción de la incidencia de violencia y un aumento de la percepción de seguridad en la comunidad educativa.
Otras acciones comunitarias incluyen los programas de “senderos seguros” o rutas de acceso vigiladas para que los estudiantes lleguen sin temor a la escuela, la presencia de patrullajes policiales en horarios de entrada y salida, y campañas locales de desarme o recogida de armas blancas alrededor de centros educativos. En algunos barrios, las propias comunidades han colocado señalización de “Zona Escolar Segura” y acuerdan con las tiendas cercanas no vender alcohol, drogas o artículos peligrosos a menores, contribuyendo así a un ambiente más sano. Iniciativas como escuelas abiertas fuera del horario de clases –donde se ofrecen actividades deportivas, artísticas o de apoyo académico en la tarde– también ayudan a que los adolescentes estén en espacios supervisados y productivos, alejados de situaciones de riesgo en la calle.
Finalmente, es esencial mencionar el papel de la Procuraduría de Derechos Humanos (PDH) y otras instituciones de protección. La PDH de Guatemala, a través de sus defensorías, no solo recibe denuncias de violencia escolar sino que realiza visitas a centros educativos y recomendaciones al Ministerio de Educación para mejorar la prevención. Con frecuencia la PDH coordina charlas en escuelas sobre derechos de la niñez, bullying y abuso, dirigidas tanto a estudiantes como a maestros. Aprovechar estos recursos y abrir las puertas de los colegios a especialistas (psicólogos, trabajadoras sociales, policías de la Oficina de Prevención del Delito) en charlas educativas puede robustecer la capacidad de la comunidad para responder a la violencia.
Recomendaciones prácticas para estudiantes:
- No guardar silencio ante el bullying: Si ves que un compañero está siendo acosado o maltratado, ofrécele tu apoyo. No rías ni aplaudas al agresor; en su lugar, puedes intervenir diciendo “basta, déjalo en paz” si te sientes seguro para hacerlo, o buscar inmediatamente a un maestro o adulto de confianza. Tu voz puede marcar la diferencia – recuerda que el silencio del grupo le da poder al abusador.
- Sé amable e inclusivo: A veces pequeños gestos evitan grandes problemas. Invita a los compañeros que veas solos a unirse a tus actividades, defiende al que reciba apodos hirientes diciendo que eso no está bien, practica la empatía poniéndote en el lugar del otro. Crear un ambiente de amistad en tu salón hará menos probable la violencia.
- Conoce tus derechos y alza la voz: Tienes derecho a estudiar en un lugar seguro y libre de violencia. Si alguien (estudiante o adulto) te hace sentir inseguro, incómodo o te agrede, no es tu culpa y debes contarlo. Habla con tus padres, con un profesor, con el orientador o incluso llama a líneas de ayuda como el 1570 (línea de ayuda a niños) si fuese necesario. Pedir ayuda no es ser débil; al contrario, es ser valiente y cuidar de ti mismo.
- Participa en iniciativas positivas: Únete –o lidera– actividades en tu escuela que promuevan la buena convivencia. Puedes proponer junto a tus amigos realizar un mural con mensajes de respeto, organizar un club de mediación donde ayuden a resolver disputas menores, o preparar una presentación para el Día contra el Bullying (2 de mayo). Al ser protagonista de soluciones, sentirás que es tu escuela y querrás protegerla de la violencia.
Construyendo escuelas seguras y respetuosas: un compromiso de todos
Prevenir la violencia en contextos escolares no es tarea de un solo día ni de una sola persona, sino un proceso continuo que involucra a toda la comunidad educativa. Las experiencias en Guatemala y otros países demuestran que el enfoque más efectivo es integral: combinar políticas sólidas (leyes, protocolos, programas nacionales) con acciones cotidianas en las aulas, el apoyo activo de las familias y la articulación con la comunidad y las autoridades. Cada grupo –docentes, familias, estudiantes, directivos, instituciones– aporta una pieza del rompecabezas para construir un ambiente escolar donde prevalezcan la convivencia pacífica y el respeto.
En ese sentido, los docentes desempeñan su rol guiando con el ejemplo y detectando a tiempo los conflictos; las madres, padres y tutores reforzando valores en casa y colaborando con la escuela; los estudiantes siendo solidarios entre sí y rechazando la cultura de la violencia; y las autoridades educativas implementando programas preventivos y asegurando la correcta sanción de las faltas. No podemos olvidar que la violencia escolar está estrechamente vinculada con la violencia social en el país –desde la delincuencia común hasta la violencia de género–, por lo que la escuela también debe ser un espacio para educar para la paz y romper esos ciclos desde la niñez.
Afortunadamente, existen iniciativas dignas de emular. Programas comunitarios integrales como Convivimos han mostrado resultados alentadores al coordinar esfuerzos entre escuelas, familias y municipios. En varias escuelas se han implementado manuales de convivencia pacífica, mediación escolar y campañas de cero tolerancia al bullying que han reducido notablemente los incidentes. Cada año, el 2 de mayo –Día Nacional contra el Acoso Escolar– se realizan en algunos centros educativas actividades creativas: concursos de cuentos sobre amistad, murales, dramatizaciones y foros donde los mismos estudiantes reflexionan sobre cómo erradicar la violencia. Estas acciones, aunque pequeñas en apariencia, van cambiando la cultura escolar.
En conclusión, la prevención de la violencia en las escuelas guatemaltecas es posible si mantenemos la voluntad y la constancia. Como sociedad, debemos rechazar la idea de que el acoso o las agresiones son “normales” o “cosas de niños”; por el contrario, reconocerlos como lo que son: formas de violencia que atentan contra el derecho a la educación y al desarrollo sano de la niñez. Cada niña, niño y adolescente merece sentirse seguro, respetado y valorado en su escuela. Lograrlo es responsabilidad compartida de todos nosotros: educadores, padres, estudiantes, autoridades y comunidad. Trabajemos juntos –desde la política pública hasta el aula y el hogar– para que nuestras escuelas sean territorios de paz, donde aprender y crecer sea una experiencia libre de violencia y llena de esperanza para las nuevas generaciones.
Fuentes consultadas: Datos de denuncias por acoso escolar del Procurador de Derechos Humanos; informe de Bullying Sin Fronteras 2023; casos de violencia escolar en Prensa Libre; normativa educativa del Mineduc; Programa CUIDA del Mineduc; Proyecto Convivimos de prevención de la violencia; artículo de UNICEF Guatemala sobre violencia escolar; entre otros. Todas las recomendaciones se basan en estas fuentes y buenas prácticas reconocidas en entornos educativos.

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